Desde que me descalcé todo tiene sentido. Lo que creía cómoda moqueta es ahora un suelo de esparto y cristales rotos, y la fina arena se entromete entre los dedos de mis pies. El viento roza mi piel desnuda mientras el invisible vello de mis brazos se mantiene alerta procurando no bajar la guardia.
Caminemos todos al unísono descalzos por este suelo de esparto y cristales rotos, observemos el paisaje y cambiémoslo, pisemos bien fuerte levantando el polvo sucio y destrozando la basura ya arrojada, dejando un rastro eterno que recuerde nuestros pasos. Hagamos del murmullo un grito. Si nuestros pies se acostumbran al terreno baldío, reventemos las ampollas y los callos de aquel que avanza a nuestro lado.
Ya no queda mucho, caminante ,pues tras el descampado se extiende una pradera cuyo fin no divisarán nuestros ojos, donde nuestros pies descansarán el dolor y cicatrizarán las heridas, donde todos jugaremos al mismo juego y donde existirá una sombra que lleve nuestros nombres y en la que podremos refugiarnos.
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