Eran las cuatro de la tarde. Según Alberto eran las cinco. Vivía en un apartamento que se encontraba encajonado en la esquina más sórdida de la ciudad. Cuando Alberto entraba en su lugar de cobijo, éste se tornaba oscuro y siniestro como el carbón pero cuando salía, las paredes volvían al indefinible blanco gotelé que acostumbraban. Mientras permanecía en casa, sonaba una musiquilla escalofriante compuesta por los golpes secos de violines y violoncelos parecidos a los que indican peligro en la escena más tensa de las películas de terror, así al menos lo hubiese definido una persona completamente diferente a Alberto.
Alberto era un chico extraño en el vecindario, siempre vestía de negro y daba grandes zancadas al andar balanceando su cabeza de un lado a otro. Vivía solo y no hablaba con nadie, su piel era tan pálida que resultaba imposible olvidar su rostro, sentía pasión por todo lo sobrenatural y todos se sobrecogían a su paso. Siempre que entraba a la tienda de ultramarinos donde solía comprar, las paredes giraban con un sonido robótico y se volvían tan oscuras como en su apartamento, la bombilla alógena del porche se convertía, entre chirridos, en un candelabro y el timbre de la puerta mutaba en la nariz de un león que sostenía una aldaba.
Marta era una chica rubia con coletas, una a cada lado, que trabajaba tras el mostrador de un banco atendiendo a los clientes. Solía vestir camisas y faldas estampadas y horquillas de colores por el pelo. Sus gafas de pasta negras resaltaban con el azul de sus ojos. Cuando Marta entraba a trabajar, se podía oír el sonido de cien pájaros cantando y las ventanas del banco darían a un inmenso jardín verde lleno de hierba, con un rosal a un lado y un laberinto de arbustos en el centro. Cuando dejaba de pulsar las teclas del teclado, el monitor se convertía en un portaretratos, mostrando un paisaje boscoso tomado desde el aire, donde se podían identificar pequeñas lagunas a los lados de una enorme pradera y, arriba del todo, 12 montañas que dominaban el marco; en el pie ponía Connemara, Irlanda.
Yo también solía pasear por aquella extraña ciudad en la que los edificios cambiaban según mi carácter y mi estado de ánimo, era maravilloso ver como dominaba todo a mi paso. Cuando entraba en el banco donde trabajaba Marta, la ventana daba a mi casa y la lámpara parecía el flexo que alumbraba mis trasnochadoras lecturas. Todo cambiaba. Incluso los edificios se volvían invisibles, dejando una amplia esplanada de aire limpio y tierra fértil. Todo era como yo quería.
Ahora toca pensar. Todo era aparentemente precioso, regulando el mundo y cogiendo el bajo a todo lo que me rodeaba. El que haya entendido este breve relato como una historia de ciencia-ficción despegará la vista del papel con una amplia sonrisa imaginandose un mundo tan idílico como él lo fundara. Sin embargo, aquel que repare en que las personas ocupan el lugar de los edificios, y se dé cuenta de que puede ser un relato completamente veraz, llamará a la ciudad Hipocresía.
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