¿Ha donde ha llegado el ser humano que no sabe que lo es? Ha llegado a ser una máquina imperfecta fabricada con engranajes lubricados de orgullo. A la pregunta "¿qué eres?" la mayoría de seres inertes contestaría con un asesinato de sí mismos. "Yo soy electricista", "yo camarógrafo", "yo, asesor financiero". Alcanzar un punto en el que uno ya no es lo que aprende, o lo que come o lo que siente y encuentra los pilares de su identidad incrustados en el trabajo, un mero trámite que nos mantiene despiertos a nuestro parecer y dormidos por gracia de ellos, es verdaderamente peligroso. ¿Suponemos entonces que alguien que estudió filosofía y trabaja en una recepción de hotel, o un repartidor de lotería que se ve arreglando bombillas no son lo que son, o no son lo que qusisieron ser y que así será para el resto de su vida? ¿Y los parados?, ¿no son? Es desalentador saber que hay 5 millones de personas que no son residiendo en el cachito de tierra en que yo vivo.
Imaginemos, aunque cueste hacerlo ante tamaña proeza, que en un arrebato de rabia e ira yo contestase "Soy rubio", o "soy despistado", o que "soy escritor" - aunque no me dedique a ello profesionalmente -. ¿Satisfaría esto la curiosidad del interesado?
Pensemos en nuestra labor como seres pensantes y cabilemos sobre nuestros logros y metas y si eso nos hace ser. No es escontrar trabajo, sino a sí mismo. Dejar de lado la tonta utilidad de nuestra existencia que nos mantiene maniatados y en posición fetal, racionando nuestra vida a golpe de tragaperra. No somos más que perros adiestrados que cobran el papel de ganado. Trabajamos porque tenemos que trabajar, nos casamos porque nos tenemos que casar, votamos porque tenemos que votar. No somos más que eso. Tontos útiles. Seamos, por una vez. Seamos.
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